LAS TRAVESURAS DE
MILÚ
Una mañana primaveral tomé las
rosas más lindas del rosal para llevárselas a Milú. La tierna y bella mascota
de la familia Bello Leal. No sé lo que me pasó pero apenas la vi me cautivó
con su tierna mirada de mascotica traviesa, por eso tomé el celular del tío
Juancho, el tío de mi ama Cecilia, para
llamarla; ese día que lo escondí debajo de las palmas que estaban debajo de las
matas de cacao del patio de mi casa. Milú, es
la traviesa perrita, a quién le
dejó siempre mensajes y correos de voz en su celular, es ella la que me tiene
loco y más cuando la veo salir en su lujoso auto convertible o de paseo con sus
amos; los esposos Bello Leal. Desde el
primer día que la vi he quedado petrificado y chorreando la baba por ella. Soy
un tonto perro, quizás por eso mi ama Ceci, me haya colocado el nombre de Tom,
no porque ella se haya leído juiciosamente el libro La Cabaña de tío Tom o
porque se haya visto mucho en la televisión el divertido programa Tom y Jerry, pero bueno, la verdad es que soy un tonto
perro enamorado de esa perrita; de Milú, quien se ha convertido en mi
cometita loca, sí señor, en mi cometita loca, la cometita que se encumbra en
los azules cielos, y le seguiré echando hilo para que se siga. No y no dejaré
de seguirla con la mirada cuando pase
tempranito para la universidad en su bicicleta, así me deje envuelto en las nubes de polvo que se levantan con las ruedas
de su bici y sólo escuche sus alegres
carcajadas como desafiándome para que la siga. No sé cuando, pero algún día me
dirá que sí. ¡Ay!, Milú… Milú,… Milú… Ahora entiendo porque el capitán Bello la
mima tanto, al igual la señora Leal, y es que es tan especial esa
sinvergüensita que todo, todo lo que
hace se lo celebran, y es por eso que se
ríe de mi, de este perrule que está dispuesto a entregarle el corazón.
Estoy seguro de mis nobles pensamientos
y sentimientos porque soy empedernido
admirador de la belleza, y eso es lo que me hacen pensar que no soy digno de ella y
mucho menos de su amor y su particular angelical belleza, pero a pesar
de todo persisto, por eso le dejo ramos de rosas que tomo del rosal con la
muchacha del servicio. Jamás pensé que en mi vida iba a encontrar en mi especie
a la perrita más linda. Pero ella me ignora y se ríe de mí con sus amigas, eso
no me importa y mucho menos me interesa, insistiré. Sólo la he visto de lejos y
nunca he tenido la oportunidad de entablar una conversación con ella. Siempre la veo pasar
para la universidad con sus mejores amigos de curso. Tan chistosos, alegres,
bulliciosos y graciosos como ella, pero nunca tan traviesos como ella lo es, nunca ha correspondido a mi saludo, y yo me muero por escuchar sus
ladridos melodioso, así sean para insultarme, pero no lo hace, ¡que mascotita
tan descortés! Es la mascotita más
chistosa que haya visto en toda mi vida, se deja caer las diademas que le
colocan hasta las orejas para esconder sus pobladas pestañas como burro chiquito, hace sonar la
cadena de oro que lleva atada a su
cuello un no sé qué cascabeleo ideal para demostrar su alegría a todo aquel que
la ve y llamar la atención. No sé, pero
me enloquece todo lo que ella hace. Le declamo poemas de Neruda y sé que los escucha, aunque
se muestra indiferente ante ellos y sé que le encantan, le llevo serenata con
los hermanos Zuleta, Diomedes Díaz, El Binomio de oro o Iván Villazón y no
corresponde, se que las escucha cuidadosamente con amor y alegría. Le escribo
cartas de amor y los encuentros sin leer en el mismo buzón donde se las dejo
haciéndome ver que no las ha leído. Es muy traviesa con sus amos, amigos y en
especial con migo. Los otros días casi hace morir de infarto a la seño Matilde
con una lagartija que llevó al salón de clases en un frasco de vidrio, en
cierta ocasión halaba por la cola al enclenque caballo de Don Quijote de la
mancha sólo para divertirse de él. En otra ocasión peleaba un mango con la tía
Chila, la tía a gozar las delicias de la fruta tropical y ella a no
permitírselo, todo porque Nataly la había amaestrado en el consumo frutas,
caramelos, máselos y riquísimas galletas de waffer. La última vez llevaba de la
oreja un hámster gris que no volví a ver.
Pero un día me encontré con ella
en Cartagena, la saludé con respeto y
alegría. Ella hizo con el chicle del bom bom buúm un globo grande como el globo
terráqueo, lo explotó aplaudiendo con ambas manos, fue tal el estrepito que
sufrí unos instantes de pánico. Me quedé mústico de su actitud ella desapareció
como los conejos en la copa de un sombrero de magos como por arte de magia. No
esperaba que me aplaudiera como a los magos que hacen aparecer o desaparecer
conejos de sombreros, pero tampoco ese gesto de fastidio.
Temblando tuve el valor de
decirle:
_”Te he dejado con la muchacha del servicio un
ramillete re rosas”, ella respondió
_eso a que se debe.
Respondí, es que son tan bellas
como tú, replique titubeando y lleno de emoción. Lanzó unas carcajadas a los
cuatro vientos, me sentí herido inmensamente adolorido por su desprecio. Tanto,
que se aguanaron los ojos y rompí en llanto, no contuve las lágrimas, subí a mi
destartalado coche y me dirigí a mi perrera. Sólo expresé algún día, algún día,
no se cuando, pero les aseguro que estoy dispuesto a pagar el precio que sea
por estar en el circulo social y más en el fondo de su corazón porque la siento
tan mía como si fueran mis huesos.
Fue inmenso mi dolor de amor que
empecé a padecer el dengue del amor, hasta que un día tropecé con ella en el
hospital de los perros porque sus amos la cuidaban tanto que la llevaron con
una fuerte infección estomacal por haber ingerido un pedazo de pastel del que había preparado caperucita
para intoxicar al lobo en la fiesta de
su cumpleaños. Me preguntó que desde cuando estaba allí, no tuve el valor de
responderle sólo pude decirle que el río de lágrimas que por ella había
derramado me había deshidratado y apenas tuve fuerzas para arrancar con dolor y
lástimas los pétalos de las rosar que había tomado para ella en el rosal más
lindo del poblado.
Autora: Cecilia Antonia Venecia Camargo (Chilita)
¡PIRUETA!
La madrugada llegó y con ella un espléndido lunes, el sol ardiente y sus rayos resplandecían sobre las primeras casitas del pueblo. Allí vivía Enrique del Cristo, un hombre alto de piel morena, espalda ancha y pecho platónico, musculoso, brazos largos, manos fuertes, rostro ovalado, nariz fileña, boca pequeña, cabello ensortijado, voz fuerte y de carácter recio como los toros miuras de la sabana, pero su semblante era el de un hombre alegre, noble, sincero, humilde y cariñoso a pesar de su pobreza. En su rostro reflejaban tantos años de sufrimientos, pero su voz ronca y su acento golpea o propio de la región sabanera era único y exclusiva el número de su cédula de identidad, de repente estiro los brazos entrecruzados al cielo como queriéndose quitar una carga de leña de guamo o mangle y expresó.
¿Qué hago con esta situación tan dura, Dios mío? ¿qué hago? ¡hay Dios, mío que cara situación, ya la carne la vemos solo en televisión, y ni eso tenemos.
No contaba ese día con una moneda, no tenia esperanza alguna para alimentar a su familia, un cuadro semejante al de la última cena, once hijos y ellos dos era un total de trece miembros, con la diferencia que en éste compartir el pan y el vino a granel y el de Enrique los lobos pasaban por medio del fogón para ve ni para los fósforos tenían cinco chivos.
Volvió a expresar.
¿Qué hago, Dios mío, qué hago? ¡dime que camino coger. ¿Qué hago?
Caminó unos treinta metros hacia el poniente y se sentó sobre una piedra, redonda, inmensa y lisa donde jugaban sus hijos, enclavada a una alta palmera, retorcida y encorvada, semejante a la figura de él.
Miró a su alrededor, hacia el cielo y trataba de encontrarle figuras a las nubes como lo hacía el niño del cuentos del pastorcito mentiroso. En esos momentos una idea se le vino a la mente, irse a pescar, dudó, pero al fin se resolvió, se llenó de valor, y se dijo así mismo.
Pensarlo y hacerlo son dos cosas iguales. Ánimo contra el miedo.
En esos instantes, su mujer lo llamó a desayunar, con un poco de pena se acercó a la mesa, no alzó la cara tomo varios sorbos de café cerero y masticó con delicadeza el pedazo de pan que estaba en un plato de flores rojas y amarillas un poco escarchado por el tiempo. Luego se dirigió al cuarto, llamó a su hijo menor y lo invito a la ruda faena.
El muchacho con un poco de pereza obedeció, fue a la cocina, tomó una totuma, sacó con ella un poco de agua de una tinaja , se medio lavó la cara, tomó una taza de café que le brindó su madre, acompañándolo con un trozo de pan tostado, seco y lleno de moho. Su papá le preguntó.
¿Ya estás listo?
Sí, señor, respondió el muchacho.
Luego, cada quien tomó sus herramientas correspondientes: Enrique tomo la atarraya, el cuchillo, la mochila, la lata de los tabacos, mientras Carlos su hijo, tomó en sus frágiles manos en una el canalete y en la otra la linterna, por si acaso la noche llegaba. Abrieron el portillo de cuatros hilos de alambre y se dirigieron hacia el puerto, desviando por un camino que se internaba en unos árboles de mangos inmensos.
Llegaron al puerto, soltaron la canoa y emprendieron su rumbo ciénaga adentro, cuando todo estaba en orden y bien dispuesto. El día era sofocoso, lo cual indicaba que haría buen tiempo y la pesca seria todo un éxito. Unas leguas ciénaga adentro, Enrique hizo el primer intento, preparo su atarraya, se arqueó, la explayó formando con ella una hermosa circunferencia en el aire; porque entre otras cosas era diestro en el arte de la pesca. La atarraya quedó bien abierta y penetró en las cristalinas y dulces aguas. Luego con paciencia y maestría la fue recogiendo, pero no atrapó ni un solo pez. Una y otra vez repitió el mismo oficio, en este son hizo varios lances, el día avanzaba, ya eran las once del día, el hambre lo agobiaba y bostezaban largo, porque el poco desayuno que su fiel y adorada mujer, su entrañable Cecilia le había preparado con tanto amor, había cumplido su misión, ya cansado por su inalcanzable faena expresó.
¡Caramba, son como las once y na!, pero paciencia, si se me apareciera la virgen del Carmen San Martín de Loba y me hiciera el milagrito pá salir de esta pobreza, bueno, la paciencia lo dominaba, Enrique no era un hombre ambicioso, pero soñaba salir de la pobreza no del todo para darle a sus once herederos una vida digna y educarlos para que no fueran pescadores con él, porque al contrario de su progenitor, era un hombre de noble corazón, en uno de esos momentos miró a su izquierda y vio que una parvada de pisingos empezaba a descender a un islote.
El ánimo se le levantó, como se levantaban en esos instantes las fuertes y frescas brisas del combú y señalándole al joven le ordeno que se dirigiera hacia allí, hacia la isla de sevillano, sitio donde habían acampado los pisingos. La ilusión de ver a sus hijos convertidos en unos profesionales más se enraizaban en su mente pero el hambre por ratos trataba de desteñírselos así como estaban desteñidas las flores de su camisa por el tiempo y el uso al fin llegó a la isla donde habían acompañado a los pisingos, des embarcaron.
Ya en tierra, ordenó a su hijo asegurar la canoa de un frondoso sol de mangle, le solicitó que saltara una soga de nylon de unos cuantos kilómetros de largo, tomó una de las puntas y se la ato a uno de los tangos de su pantalón, con la otra comenzó a amarrar pisingos, y eso era amarre y amarre que amarre pisingos cuando de pronto se vio fue en su faena, estaba en el aire a una altura considerada, padres e hijos asustados no podían hacer nada; el uno porque por más zapateaba estaba en el aire, el otro por no poder hacer nada por su padre, bueno, las aves seguían levantando el vuelo, y entre mas maniobra hacía para soltarse todo lo era imposible, las aves seguían alzando el vuelo, y entre más y más estas cada vez más se elevaban.
Pensó, y vio que en realidad no podía hacer nada, miraba hacia la tierra y todo lo veía diminuto, las personas parecían hormigas y las casas, carros, y todo objeto como cosas de juguete, los pisingos inteligentemente siguieron tomando rumbo a la capital dejando atrás a costillas, se guiaban algunas veces por la carretera troncal de oriente otras veces por el río magdalena como lo hacen los expertos aviadores de cualquiera aerolínea, pasaron por Pelaya, Agua chica, san Alberto, Río negro, Bucaramanga hasta llegar a Bogotá. En el aire, Enrique veía pasar el tiempo ya sin pataleos y se decía así mismo.
¡Huy Diosito lindo, tanto te he pedido, pero no me des mucho, y ahora estos sinvergüenzas pájaros ¡Pa donde me llevaron! yo estoy es perdío!
A eso de las tres de la tarde los pisingos estaban en la plaza mayor de Bogotá, una seguida idea se le vino a la cabeza.
¡ Caramba! La virgen del Carmen y San Martín de Loba me han hecho es un milagro. Bueno la suerte está echada.
Empezó ya vender pisingos, las personas lo halaban por la camisa, por el sombrero, por la plata de un pantalón, la cosa era curiosa verla, a esto había que sumarle el desespero de los animales, con tan buena suerte que no se apareció por ahí ningún funcionario del Ministerio del medio ambiente. Enrique estaba sorprendido porque le decían… enrique a mi uno, a mi otro Enrique, a mi otro y así, en su imaginación se preguntaba
¿Por qué esta gente me llaman por mi nombre?
El asunto fue, que al fin de cuentas vendió todos los pisingos y reunió en total cinco costalaos de billetes de cincuenta mil pesos, ¿Que hizo?, se dirigió al aeropuerto el Dorado, solicitó un tiquete para la ciudad Costilla, todo fue en balde porque en Avianca o cualquier otra aerolínea no despachan rutas para estos pueblos, solicitó entonces que le vendieron hasta Agua chica, pero con tal suerte que solo habían un cupo y le tocó acomodarse allá en lo último, en la cola. El avión alzo el vuelo y como era tan de pueblo que empezó a gritar.
¡Este puñetero pájaro metálico, me va es a estropía.
Llegó a Agua chica y tomó rumbo a costillas, era dieciséis de Julio y el pueblo estaba en plena fiesta patronal y la alegría no se hacía esperar, al llegar a su casa fue recibido como todo un rey, pero da la casualidad que ese día había carrera de caballo, no tuvo nada que ver con cansancio, ni con los bultos de billetes y para complace a su hijo que era aficionado a la carreras de caballos, se le midió a estas, apero al caballo, a su pisa billetes como le decía él, lo inscribió entre los competidores y se le midió a la competencia. A la mitad de de la carrera el caballo se frenó de repente y su jinete afanado sudando frío le decía:
Arre, arre caballo, arre caballito.
Pero nada, se bajó le revisó una por una las patas y las manos y por lo último al revisar la mano derecha la sorpresa fue que el caballo se detuvo a la mitad de la carrera porque tenía pisado un billete de cincuenta mil, ¡que iba seguir corriendo si se había ganado la carrera!
Autor: CARLOS ENRIQUE VENECIA CHARRY
Especialista en Pedagogía de la Lengua y la Literatura
TOM Y EL CELULAR
No recuerdo la fecha exacta, sólo la cara de preocupación mis papitos y la risa jocosa de tío Juancho, ese día que se le perdió el celular en el patio de mi casa, la cosa causo risa pero también preocupación, asombro y hasta un poco de miedo porque pensábamos que se trataba de un hechizo o encanto.
Todo reinaba en paz mientras los mayores conversaban y los niños jugábamos; hasta cuando mi tío expresó:
-Y el celular, ¿Quién lo cogió?, yo lo dejé sobre esta piedra.
Todos sentimos pena y preocupación, mi mamá se imaginó lo más terrible cuando miró la alberca, ella pensaba que Daniel; mi primo lo había echado allí, nadie acusaba a nadie. Papá pensaba que Margarita lo había cogido. Un silencio profundo reinó en esos momentos; el suspenso se apoderó de todos en esos instantes, nadie se atrevía preguntarle nada a los niños quienes jugaban en un frondoso níspero que hay en el centro del patio para no causarles molestia, ni mucho menos hacerlos sentir mal. Sin embargo mami les interrogó, pero ellos todo el tiempo dijeron que no lo habían tomado.
Mi tío volvió a expresar:
-Lo dejé sobre esta piedra, ¿Cómo pudo haber desaparecido?,¡ eso es un misterio!, ¡Caramba!
Nadie imaginaba nada de Ton; el perro. Ton era un perro simpático, curioso con sus barbas como las de Papá Noel; pero con la diferencia que las de Ton eran negras, pequeñito, con esos ojos vivaracho, alegre que cuando latía no sabíamos si reía o ladraba de verdad, nadie dudó de el por su condición de animal. Quien íba a imaginarse tal cosa, un perro hablando por celular con otro perro, lo cierto es que éste si lo tomó y no puso a sufrir un largo rato.
Sí señor, el curioso perro fue el autor del chiste, era él quien más, y eso lo dedujimos después, porque en esos momentos a papi se le iluminó el bombillo y dijo:
-Juancho, deme el número.
¿Y eso para qué?, le replicó mi mamá
Él insistió, ¿Cuál es el número Juancho?, yo veré que hago con él.
Así fue, papi le marcó y el celular timbró, estaba descartada la idea que Daniel lo hubiera echado a la alberca, ahora el problema era descubrir el lugar donde timbraba, la preocupación era que el celular de papi se descargara y no se le pudiera marcar más, la pila estaba bastante bajita y como cosa rara en Loba no había luz ese día, después de tanto rin…, rin…, rin hayamos el lugar donde ton lo había dejado, estaba bajo unas hojas de mango y unas palmas de coco, no diremos que lo había escondido o quién sabe si él, lo había pensado así. Lo cierto es que después de casi tres incansables horas de búsqueda apareció. Después fue el cuento y la celebración; la alegría y la risa porque como mi tío es chistoso, nos hizo gozar al expresar:
“Lo que pasa es que Ton tiene una novia y como no lo dejan salir, tomó el celular para llamarla”
CECILIA ANTONIA VENECIA CAMARGO (Chilita )






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